En el árbol de la tecnología
las cámaras florecen
para grabar las primaveras muertas,
sepultadas bajo el hormigón,
mientras los difuntos
desfilan mirando al suelo
ajenos a que hubo un tiempo
en el que los hombres
podían decidir.
Pero ya no se escuchan voces
sobre el latido de las máquinas
y apenas quedan granos
en este reloj de arena.
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