¿Cómo mirarte cuando abrir los ojos duele?
¿cómo hablarte si mi garganta no es más que un nudo?
¿Para qué escucharte si mi alma ya no es más
que un desierto árido donde no germinan tus palabras?
Estoy sólo en este destierro de resignación y silencio,
ahogándome en este reloj de arena
que ya me llega hasta el cuello.
Temblando en la oscuridad de esta noche eterna,
mientras el sol estalla en mil pedazos.
Hoy, amigo, tu mano no es más que una losa
gélida y pesada sobre mis hombros cansados,
mientras malgastas tu saliva hablando
con las cenizas de lo que un día fui,
pues no hay palabras que llenen este vacío
y a fin de cuentas ¿no es el vacío la misma muerte?
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