Gente con prisa engullendo comida rápida,
avanzando a empujones entre la aglomeración.
Siguiendo el veloz ritmo de la postmodernidad
en su vertiginosa carrera a contrarreloj.
Rayas de cocaína en los baños de Wall Street,
las consultas psiquiátricas llenas a rebosar:
depresión, ataques de ansiedad, estrés infantil.
Los más débiles se convierten en sociópatas
o se suicidan.
Cuando el tiempo se convierte en oro
es difícil pararse a pensar
en qué queremos y en quiénes somos.
En la lengua de los triunfadores
descansar significa perder,
luchas sin saber muy bien por qué.
El camino hacia la cumbre exige
ascender en la escala social
pisando a quien haya que pisar.
Aquellos que no siguen el ritmo han de soportar
el descenso gradual a la total marginación.
Excluidos y despreciados por la sociedad,
rebajados hasta depender de la compasión.
El progreso es un tren imparable a ningún lugar
que abandona a millones de personas tras de sí,
condenadas a la más absoluta austeridad
por no haber conseguido adaptarse al trajín
de nuestros tiempos.
Cuando el tiempo se convierte en oro
es difícil pararse a pensar
en qué queremos y en quiénes somos.
Mientras, el mundo sigue girando
y el mercado marcando el compás
al que todos hemos de bailar.
Y en esta gran danza de los necios
bailamos hasta desfallecer,
muriendo sin saber bien por qué.
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